Sanz on Carr, 'Spain: A History'

Author: 
Raymond Carr, ed.
Reviewer: 
José Ubaldo Bernardos Sanz

Raymond Carr, ed. Spain: A History. Oxford: Oxford University Press, 2000. 336 pp. $19.95 (paper), ISBN 978-0-19-280236-1; $45.00 (cloth), ISBN 978-0-19-820619-4.

Reviewed by José Ubaldo Bernardos Sanz (Departamento de Economía Aplicada e Historia Económica, UNED, Madrid) Published on H-Mediterranean (May, 2002)

La primera impresión que me ha dado la lectura del libro editado por R. Carr ha sido la de que puede servir al público anglófono para comprender algunas de las claves de la historia de España, pero también puede servir a los españoles para pensar sobre su historia. En este sentido, creo pertinente su traducción al castellano. Tengo que comenzar con una puntualización sobre lo que se comenta en la introducción del libro. Se inicia ésta con la idea de que la historiografía española ha experimentado un proceso revisionista, una vez liberado de las ataduras intelectuales del franquismo. Creo que hay algo más que revisionismo. En realidad, desde la década de 1960 se asistió a los inicios de un proceso de normalización general donde la investigación histórica comenzó a recuperar niveles homologables a otros países. Proceso que empezaba a romper lo que la investigación y enseñanza de la historia de España, con honrosas excepciones, había sido en gran medida: un apéndice más del aparato ideológico de la dictadura. En la normalización tuvo un papel esencial la labor de hispanistas anglófonos y francófonos que aportaron trabajos esenciales que sirvieron como textos básicos, modelos metodológicos y núcleos de reflexión sobre los que se ha apoyado una parte de la producción historiográfica de los últimos 30 años. Uno de los méritos de este libro es que reúne precisamente a algunos de esos prestigiosos hispanistas, cuyos libros no sólo sirvieron para enseñar en sus países la historia de España, sino para también acercarla a los propios españoles.

El título incluye un artículo indeterminado que ayuda paradójicamente a situarlo. No trata de hacerse la historia de España, sino una historia de España, especie de acercamiento forzado por una reducida extensión inferior a 300 páginas. El objetivo que parece perseguir es poner al alcance de estudiantes y público anglosajón interesado en la historia de España un texto ágil donde los hechos y las interpretaciones guardan un equilibrio para conseguir, una vez acabada la lectura, una comprensión del presente y del pasado español sin caer en el peligro del simplismo o el positivismo estéril. Los medios han sido nueve colaboraciones de especialistas en cada época, articulando cronológicamente el trabajo a lo largo de casi tres mil años. Una primera, de A.T. Fear que cubre desde las primeras influencias de las civilizaciones fenicia y griega en la Península hasta el fin del período romano seguida por la firmada por R. Collins con relación al periodo visigodo; dos referidas a la época medieval de R. Fletcher y A. Mackay; tres a los siglos modernos, de F. Fernández Armesto, H. Kamen y R. Herr y dos últimas de R. Carr y S. Balfour a la época contemporánea hasta las vísperas del siglo XXI. Hay que hacer notar que la estructura cronológica no se cumple totalmente, porque hay dos colaboraciones que simultáneamente abordan los siglos XVI y XVII, reforzando la importancia política de España en el mundo durante este periodo. Opción discutible, pues se han relegado las ventajas de separar un siglo XVI con unos rasgos dominados por el crecimiento y la expansión y un siglo XVII marcado por un declive progresivo, a favor de una narración que a veces ha dado lugar a reiteraciones en ambos capítulos, y también a olvidos flagrantes, al escorarse ambos apartados a los aspectos políticos e ideológicos, relegando los aspectos socioeconómicos. El texto se ha completado con fotografías y en algunos capítulos con mapas.

No se puede negar la calidad de las síntesis y las propuestas de interpretación que como un hilo conductor se observan a lo largo del libro, con un núcleo que gira en torno a la idea de la variedad territorial y social de la historia de España. Síntesis que incluyen ideas sugerentes, como la visión de la fuerza de la religiosidad popular, que refuerza el localismo, o la de la fructífera propaganda de unidad tejida en el período de los Reyes Católicos, a través una interpretación de la iconografía del período, ambas en el capítulo firmado por Fernández Armesto. Curiosamente, de la lectura del libro se observa que tal pluralidad está más atenuada en los periodos anteriores a la invasión musulmana que desde la Reconquista. Así, la homogeneidad de una Hispania romana, con el legado imborrable de la lengua que se vio reforzada por la unificación religiosa desde el siglo IV, o la de la fase visigoda tras la conversión de Recaredo. La afirmación de R. Fletcher (p. 87) que en el año 1250 la realidad en la Península Ibérica era mucho más variada que anteriormente en lengua, organización política y religión parece difícil de rechazar. En todo caso podría sugerir también que los condicionantes ambientales y geográficos, que se exponen para reforzar la idea de variedad, no tendrían tanta importancia y debían buscarse condiciones sociales para advertir la dinámica más o menos heterogénea, como puede suceder por las condiciones derivadas de la expansión medieval y su evolución a lo largo de los siglos siguientes.

Resulta difícil condensar, de la manera que los distintos autores han hecho, períodos tan largos y complejos, porque ello supone siempre hacer una labor de selección de ideas y una lógica expositiva que forzosamente conlleva lagunas e insuficiencias. Es evidente, y éste es otro rasgo que contribuye a la coherencia del conjunto, la opción por primar los aspectos políticos e ideológicos en los distintos periodos tratados. La historiografía anglosajona se ha caracterizado por dedicarse más a estas facetas, frente a las aportaciones de los hispanistas franceses, más volcados a los aspectos económicos y sociales. Resulta en este sentido muy notable la reducida extensión dedicada a desarrollar aspectos económicos en el curso del texto, que van desde las condiciones de la repoblación medieval hasta prácticamente la reconversión industrial del gobierno socialista en la década de 1980. En este sentido creo que el libro comete una pequeña injusticia, que se observa también en la elección de la bibliografía, al no reflejar las aportaciones de la historiografía española en los últimos años, que ha dado trabajos destacables en todos los aspectos y en especial los estudios económicos y sociales1.

Creo que es importante subrayar, también como idea conductora que se mantiene en todas las contribuciones del libro, el papel de la Iglesia Católica en la construcción histórica de España. Además los autores tratan de advertir matices importantes que rompen también la idea tópica de monolitismo y rigidez. Aunque no resulta nuevo, es importante la explicación de que el periodo conocido como la Reconquista no tiene la idea de Cruzada como un objetivo consciente desde la primera fase de los reinos cristianos, al igual que es importante resaltar la permeabilidad que regía entre las distintas sociedades medievales hispánicas, tanto cristianas como musulmana y judía. El origen de la idea de Cruzada hay que situarlo en un contexto internacional, y con unos claros objetivos ideológicos. La pervivencia y utilización de esta idea durante la guerra civil española y el franquismo es una versión actualizada de los deseos de aglutinar a la población contra un enemigo a aniquilar o expulsar del suelo patrio. Fernández Armesto aporta la visión de la religiosidad local, con sus contenidos particularistas (que curiosamente se hacen rasgo común a lo largo y ancho del país), si bien al abordar el cuerpo político omite a la Iglesia católica como institución, papel que desempeña sin lugar a dudas condicionando, bien desde dentro, bien desde fuera (Roma) la política de la monarquía. Henry Kamen aporta una visión añadida del contraste que suponía la religiosidad tradicional, frente a unos elementos de religiosidad "reformada", como el de los místicos o el propio Felipe II. En consecuencia, se matiza la idea de una Iglesia Católica monolítica en doctrina y manifestaciones (lo que contribuye por ejemplo a comprender sucesos como la expulsión de los jesuitas en el siglo XVIII), aunque la propaganda postridentina fue muy eficaz en propagar una visión unificadora, así como la de considerar que las campañas bélicas eran contra los herejes, cuando sabemos que el principal enemigo durante un buen periodo fue la monarquía católica francesa. Las aportaciones de R. Carr sobre la iglesia y su desarrollo en el siglo XIX muestran también los movimientos de muy distinto signo condicionados por el fenómeno religioso, desde el clericalismo más tradicionalista, base de los apoyos carlistas, hasta las reacciones anticlericales que tienen lugar durante la Semana Trágica o posteriormente en la II República, que expone S. Balfour. Resulta sin embargo sorprendente que Sebastián Balfour deje a la Iglesia Católica (página 270), a comienzos de los años 70 con la idea de que sufre una metamorfosis hacia una institución progresista y de autonomía respecto al Estado y no hable de su papel desde la muerte de Franco, lo cual significa privar de uno de los elementos esenciales en la comprensión de la España actual, y romper uno de los hilos conductores de todo el libro. La Iglesia sigue siendo una institución conservadora que aporta sus puntos de vista en todos los aspectos y sabe que su posición es tremendamente influyente, y ha conseguido mantener espacios privilegiados en materia fiscal y educativa.

La parte central del texto se dedica al Imperio en una doble faceta, aunque apoyadas ambas en argumentos básicamente de tipo político, más ensayística en el caso de la exposición de Fernández Armesto y más narrativa de acontecimientos en la aportación de Kamen. El enfoque parte sin observar previamente la realidad de los distintos territorios, salvo sus aspectos dinásticos. Así, se señalan algunos efectos -presión fiscal en Castilla, intentos de disgregación en Cataluña- poniendo mucho énfasis sin embargo en explicaciones dinásticas y político militares. Así se resuelve el problema del peso contributivo de Castilla en el imperio con la afirmación de que era más tratable a la hora de asumir las exigencias de la monarquía (Fernández Armesto, p. 122). No se advierte en el texto la fuerza y dinamismo de Castilla durante el siglo XV y comienzos del siglo XVI. La revuelta de las Comunidades en 1520-21 no fue un mero suceso y advirtió la complejidad del conflicto en un territorio dinámico social y económicamente, con aspiraciones políticas en muchas de sus concentraciones urbanas, articuladas en las Cortes.

La idea de un país aislado, orientado hacia sí mismo, sin apenas contacto con Europa, como reserva espiritual, es otra de las largas tradiciones y tópicos fortalecidas por la propaganda religiosa postridentina y renovadas por el romanticismo costumbrista y el franquismo, que el libro cuestiona. Y esto es evidente desde la llegada de fenicios y griegos a las costas peninsulares. R. Fletcher insiste en la idea de permeabilidad entre los territorios cristianos y musulmanes como un signo de dinamismo, pasando por el papel intelectual de reinados como el de Alfonso X, que cita A. Mackay, hay un largo recital de testimonios que permiten marcar una continuidad más cercana a la historia de una comunicación que a una historia de aislamiento. Hay que reforzar las visiones de "permeabilidad" que sugieren rutas como la del Camino de Santiago, la llegada de órdenes religiosas francesas, las idas y venidas de comerciantes, artesanos, soldados e intelectuales. Es cierto que citando a R. Herr, hubo flujos y reflujos, épocas de mayor o menor tolerancia, pero todo el mundo reconoce que los movimientos intelectuales europeos tenían eco en nuestro país, como lo muestra el núcleo ilustrado que no sólo está en la Corte sino en muchos lugares formando Sociedades Económicas. Otra cosa es que, a partir de fines del siglo XVI, la dinámica social estuviera condicionada por unas estructuras feudales que hacían difícil el progreso económico (empezando por la agricultura), la especialización de las actividades productivas y, como resultado, la formación de una amplia clase media que permitiera la transformación social. La historia de España desde fines del siglo XVIII se puede considerar casi como una historia de Europa en pequeño, condicionada por pautas estructurales internas. De ahí la inestabilidad política del siglo XIX, oscilando entre los intentos de liberalización y el mantenimiento de una monarquía autoritaria, para culminar en la fase republicana de 1868 a 1874 y posteriormente una monarquía parlamentaria sometida a los intereses de las oligarquías económicas dominantes, tanto en el centro como en la periferia, en medio de vicisitudes coloniales, para finalizar con una dictadura como punto de llegada al callejón sin salida del régimen. En el intervalo una modernización económica desequilibrada, con la aparición y desarrollo del movimiento obrero y sometida a los condicionantes de los países más desarrollados, que eran el mercado de los productos y de la ingente deuda del Estado. Modernización incompleta, con rasgos de una economía periférica que proporciona sobre todo materias primas y productos agrarios, que mantiene una primacía del sector agrario y una conflictividad social latente derivada de las grandes desigualdades en la distribución de la renta. R. Carr describe con sobrada experiencia estos aspectos enfatizando las circunstancias de un régimen político inestable salpicado por las guerras carlistas, o las de Cuba y Africa y con un ejército que durante todo el siglo afirma su papel intervencionista.

Sebastián Balfour desarrolla una síntesis muy comprensible y en ocasiones brillante, de los últimos 60 años, para acercarnos al presente. Me parece importante que enfatice los conflictos internos en los partidos de las coaliciones republicanas de izquierda, o el papel de Francia y de Gran Bretaña a la hora de desentenderse de la suerte de la República durante la guerra civil. Sin embargo, creo que resulta desequilibrado el análisis de insistir en la corrupción y terrorismo de Estado en el periodo del PSOE como causa de la derrota en las elecciones de 1996, sin hacer referencia al lento pero continuado desgaste de su base electoral provocado por políticas económicas, como la reconversión industrial (que le ocasiona serios conflictos con la UGT y un par de huelgas generales), o la opción favorable a la entrada en la OTAN. También me parece excesiva la extensión de más de una página sobre el problema actual de ETA, sin hacer referencia apenas a que el terrorismo durante la transición y comienzos de la década de 1980 fue mucho más sangriento y políticamente más desestabilizador. Pero es motivo de reflexión atinada la idea de la pérdida de memoria histórica para hacer posible el modelo de transición y los efectos que todavía conserva. En parte, la vuelta de la derecha se aprovecha de dos elementos confluyentes; en primer lugar el olvido (o mejor, ocultamiento) de la historia a los jóvenes votantes, es un síntoma que también se extiende al autor, cuando en la página 276 olvida dar el nombre del ministro del interior que cita, Manuel Fraga, actualmente presidente de la comunidad autónoma de Galicia. En segundo lugar, la consolidación de una sociedad de consumo en España que ha perdido parte de sus deseos de transformación colectiva en beneficio del progreso individual.

Una última consideración se refiere a los materiales gráficos. Los mapas son la parte más débil de todo el libro. Aparte de su falta de coherencia al presentarse, ya que no hay un mapa por colaboración, ni por período, resaltan su escasa precisión a la hora de reflejar una época en el espacio (caso del primero en el que se mezclan las cuevas de Altamira con Sagunto o Segovia), no valorar criterios esenciales de comprensión (como haber hecho un mapa de los distintos reinos peninsulares en una fase medieval), o carecer de criterios al situar núcleos aparentemente homogéneos (en el mapa moderno se asimilan por ejemplo la minas de Riotinto con cualquier población, y no se incluyen todas las capitales de provincia). La falta de referencias espaciales al tan citado extenso imperio o la realidad autónoma de los reinos españoles en la Edad Moderna creo que no ayudan a la comprensión de estos procesos, si no es con un atlas histórico.

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Citation: José Ubaldo Bernardos Sanz. Review of Carr, Raymond, ed., Spain: A History. H-Mediterranean, H-Net Reviews. May, 2002. URL: http://www.h-net.org/reviews/showrev.php?id=6286

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